Phil Mulryne, de Old Trafford al Vaticano, por Ignacio Vásquez


IGNACIO VÁSQUEZ

David Beckham, Ryan Giggs y Paul Scholes representan lo que antaño fue el orgullo de los Red Devils. Jugadores que, por su habilidad con el balón, evangelizaron con su toque, su visión de juego y golpeo de balón, a los aficionados. A esta triada podríamos añadir un cuarto miembro mucho menos conocido y que no llegó al nivel de los tres anteriores, no por falta de calidad, pero si por una cuestión divina. Y es que como diría aquel: “Los caminos del Señor son inescrutables”.

Phil Mulryne reunía todas las características para haber triunfado. Calidad, instinto, una generación de compañeros dispuestos a comerse el mundo… El panorama perfecto para que el talento se desarrolle en toda su plenitud. La falta de oportunidades ante el desbordante talento de los Beckham, Giggs y cia provocó que Phil migrase al Norwich City. Allí tuvo la oportunidad que no encontró en Old Trafford, nadie le hacía sombra, Phil sentía que por encima de él no había nadie. Craso error.

Llevado por un exceso de confianza, la tentación de hacer lo prohibido se antojaba más y más atractivo, hasta que en 2005 una de las fechorías de Phil salió a la luz. Estando concentrado en con la selección de Irlanda del Norte, Phil decidió saltarse las reglas. Tomar unas cuantas cervezas en un pub cercano al hotel de concentración parecía excusa suficiente para saltarse una de las normas más elementales del mundo del fútbol. Su escapada llegó a oídos del seleccionador, que no dudó en enviarle a casa. En ese momento, a Phil le quedó claro una cosa: no estaba por encima del bien y el mal.

Decidió cambiar de aires y abandonar el Norwich para encontrarse a si mismo en el modestoCardiff. No funcionó. A partir de este momento nada lo haría. El Leyton Orient o el King´s Lynnvieron pasar por sus filas -por un breve espacio de tiempo- al que antaño se codeara con los que ahora formaban parte de la aristocracia del fútbol británico. Su carrera se vería truncada en 2008. Las lesiones pudieron con él, ya no era el mismo.

Algo no estaba bien, la sensación de estar incompleto comenzó a apoderarse de él poco a poco. Regresó a Belfasttratando de encontrar un nuevo rumbo y fue allí donde empezó a dedicarse a las labores de caridad y a ayudar a los más necesitados. Eso le completaba, la Iglesia le llenaba aquel vacío que sentía y que ni tan siquiera el fútbol pudo rellenar. Por fin, tras unos años de indecisión y dudas, Mulryne tuvo clara su decisión. No titubeó. Empezó a estudiar para convertirse en sacerdote. Phil Mulryne, aquel jugador díscolo y rebelde que se saltaba concentraciones para irse de cervezas, colgaba las botas y se decidía a tomar los hábitos.

Publicado el 25 de abril de 2015 en Kaiser Magazine.

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